La reputación se construye en las buenas y se defiende en las malas; jamás al contrario. Entenderlo así es el primer paso para preservarla en el tiempo, y ahorrar algunos millones.
Tanto en la esfera pública como en la privada, la reputación es directamente proporcional al valor de la marca, o al peso de una institución. Construir reputación es algo similar a edificar catedrales: los responsables pueden ver avances, pero difícilmente serán testigos de la obra terminada. La reputación es una labor paradójica: se moldea con la paciencia de los años, se destruye con la implacable condición de los segundos.
Año tras año, gobiernos y empresas invierten millones en transmitirle al ciudadano, al consumidor, una idea de cómo quieren ser percibidas: sólidas, estables, competitivas, innovadoras, socialmente responsables. En un mercado –incluido el electoral– que persigue fidelidad, la reputación significa todo: más ventas, mayor capacidad de incidir en la agenda pública, más votos, más clientes.
De ahí que llama la atención que a pesar de la sofisticación en las estrategias para construir reputación, México es testigo frecuente de terribles gestiones de crisis. En otras palabras, marcas e instituciones han desarrollado habilidades para posicionarse, pero tienen serios problemas cuando se trata de defender el terreno ganado y preservar la reputación construida.
Más que hacer un recuento de casos en que la gestión de crisis falló, propongo encontrar los errores más comunes y repetidos, que terminan por destruir valor y dañar –a veces de forma irremediable– la reputación corporativa o institucional.
Aquí 7 sencillos pasos para un fracaso seguro, cuando la reputación se pone en juego:
Siete errores comunes al tratar de resolver un problema de comunicación que ponga en juego la reputación. Sarcasmos aparte, siete formas de garantizar que la crisis se prolongue, con mayores costos a nivel institucional o corporativo.
La gestión de crisis obliga a pensar más allá de la coyuntura, a actuar en todos los frentes con la verdad como as bajo la manga; a reconocer errores y dejar claro cómo y cuándo habrán de enmendarse; a dimensionar con humildad y sensatez que el escrutinio público no es un ataque injustificado, sino condición para todo aquel que quiera representar a otro ciudadano o venderle algo a alguien.
Gestionar una crisis no es hacer catarsis. La reputación se construye en las buenas y se defiende en las malas; jamás al contrario. Entenderlo así es el primer paso para preservarla en el tiempo, y ahorrar algunos millones.
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