El reciente informe de DataReportal y We Are Social (2025) revela que el 70.7% de la población en México utiliza redes sociales a diario, mientras que los jóvenes pasan un promedio de 3 horas y 12 minutos frente a pantallas.
Ante este panorama, expongo una advertencia sobre los impactos de este consumo digital masivo.
Según un nuevo análisis académico, el marketing en redes socioales contemporáneo ya no solo vende productos, experiencias o estilos de vida; vende química cerebral. En este modelo, los contenidos diseñados para disparar estímulos dopaminérgicos están generando efectos adversos en la salud emocional de los usuarios, desde la fragmentación de la atención hasta la reducción progresiva de la capacidad de autorregulación emocional.
A partir del análisis de investigaciones científicas recientes, el sistema de recompensa del cerebro humano está siendo redirigido por las plataformas digitales y las marcas para maximizar la retención y la respuesta emocional.
Esta economía de la atención basada en recompensas inmediatas se ha vuelto una constante en redes sociales como TikTok, Instagram, YouTube o Facebook.
Las consecuencias son visibles: dificultades para sostener la concentración, incremento en los niveles de ansiedad. Menor tolerancia a la frustración y relaciones interpersonales más frágiles.
Además, la regulación emocional es una de las funciones más importantes de la inteligencia emocional.
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