Las estrategias no fracasan por falta de visión. Lo hacen porque nadie las entiende del todo. En muchas empresas españolas, los planes se presentan, se aprueban y se comunican. Pero al llegar al terreno, se desdibujan. La ambición permanece, pero la ejecución pierde rumbo.
El punto crítico está en quién traduce esa estrategia. No se trata de simplificar mensajes, sino de reinterpretar conceptos complejos transformación, eficiencia, foco en el cliente en acciones específicas para equipos con realidades y lenguajes distintos. Aquí surge una figura esencial para el liderazgo moderno: el directivo-traductor.
Traducir la estrategia en cada rincón de la organización
Microsoft es un caso emblemático. Antes de Satya Nadella, su estrategia tecnológica estaba clara, pero no se vivía en la práctica. Los equipos operaban en silos, guiados por objetivos internos sin conexión transversal. El cambio real llegó cuando los líderes comenzaron a traducir la nueva visión: fomentar la colaboración, priorizar el aprendizaje continuo y poner al usuario en el centro ya no era un lema, era una guía concreta para decidir.
También en ING, durante su transición a modelos ágiles, los managers tuvieron que reinterpretar qué significaba “agilidad” en áreas como cumplimiento o finanzas. Sin esa traducción contextual, el cambio habría sido superficial y parcial.
Otro ejemplo: Netflix. Su cultura de “libertad y responsabilidad” no se consolidó por los eslóganes, sino porque los líderes explicaron con precisión hasta dónde llegaba esa libertad. Tradujeron principios culturales en criterios operativos.




