Como siempre, tarde, sin entender a cabalidad el problema. Parte 2

Hoy, frente a la claridad del estudio de la OECD citado el martes, que en sus páginas nos demuestra que estamos frente a un problema de dimensiones gigantescas, debemos aceptar que en materia de pensiones, el destino nos alcanzó. 

La falta de sustentabilidad financiera de los sistemas de pensiones y, añadiría, la quiebra que enfrenta el sistema público de salud y la debacle de la seguridad social en su conjunto, no son problemas que la clase política y la sociedad deban seguir eludiendo. A querer y no, debemos enfrentarlos ya.  

La gravedad que deja ver el trabajo de la OECD, no permite patear el bote hacia adelante, como hemos hecho en múltiples ocasiones con otros problemas. Sin embargo, el que ahí se estudia, tampoco debería ser visto parcialmente, si en verdad quisiéremos darle solución; para esto, habría que verlo integralmente, tomar en cuenta todos los elementos que contribuyeron a su surgimiento, y agravamiento posterior.

El error que comete el Secretario de Hacienda en su intervención —cuando el estudio fue presentado—, es tomar las soluciones que plantea la OECD, sin ir más allá; no toma en cuenta las causas que explican lo que se pretende corregir. Lo que la OECD señala, es incuestionable; el daño a las finanzas públicas es una realidad pero, si el problema lo viéremos unilateralmente, confundiríamos las causas con los efectos.

Esto sucedería sí, como planteó el Secretario en sus propuestas, nos dedicáremos sólo a resolver los efectos negativos financieros; si bien no debemos eludirlos, hay que ir a sus causas, al origen. Si procediéremos así, entonces sí atacaríamos el problema, correcta y cabalmente, no solo sus efectos; de otra manera, además de no solucionarlo, permitiríamos que continuare agravándose, eventualidad que es clara en el texto.

Lo que el Secretario no toma en cuenta pues, es la fuente del problema que hoy enfrentamos; la OECD, hay que decirlo, tampoco lo hace. Ese elemento, desde mi perspectiva, es la estructura demográfica del país la cual, si revisáremos las cifras de los últimos cinco censos de población —del año 1970 al 2010—, y las correspondientes pirámides de población para cada uno de ellos, nos daríamos cuenta que lo enfrentado hoy, se fue conformando, cuando menos, desde el año 2000.

Si en su momento hubiéramos estudiado concienzudamente las cifras y la tendencia que dejaban ver, nos habríamos dado cuenta de lo que se veía venir en materia demográfica;  también, habríamos visto sus consecuencias en los sistemas de pensiones, el sistema público de salud y la seguridad social y por supuesto, en las finanzas públicas.

Lo que describe la OECD, se gestó en las políticas de Estado en materia demográfica las cuales, exitosas primero, no las ajustamos en su debida oportunidad para con ello, evitar el daño posterior que, digámoslo, su éxito generó.  

Por eso, si en verdad estuviéremos dispuestos a solucionar los problemas que enfrentan los sistemas de pensiones y de salud pública, y la seguridad social y las finanzas públicas, habría que reconsiderar la política demográfica. De otro modo, sólo tocaríamos a los efectos, y las causas permanecerían intactas.

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