Liderazgo que se construye desde la colaboración
La reputación de una organización se forja en las conductas cotidianas que reflejan lo que realmente se valora dentro de la cultura empresarial. En Irlanda y otros mercados maduros se constata que, cuando los líderes hablan más de lo que hacen, la credibilidad se erosiona drásticamente.
Esa brecha entre palabra y acción puede convertirse en boomerang. En un episodio reciente de alto perfil, una organización que promocionaba valores como “tenerse el uno al otro”, “escuchar diversidad” y “gratitud diaria” fue humillada públicamente en un evento ante más de 11 millones de espectadores. La conducta hostil, los insultos xenófobos y la falta de intervención demostraron que la cultura real estaba lejos del discurso oficial.
Cuando los equipos ejecutivos consideran la cultura como mera comunicación, surgen grietas internas. Deben transformarla desde los procesos: ¿quién lidera?, ¿qué comportamientos se premian?, ¿cómo se manejan los errores? Un estudio reciente incluido en la Enciclopedia Elgar descubrió que, en organizaciones donde los líderes modificaron su estilo —reuniones, retroalimentación, decisiones— las puntuaciones de confianza subieron hasta un 26 % sin lanzar campañas formales.
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Los verdaderos vencedores redefinen normas desde abajo hacia arriba. En el caso citado, el organismo a cargo del evento quedó frente al espejo: su estrategia de expansión global chocaba con un comportamiento que repelía a mercados internacionales. La lógica es simple: no puedes pretender alianzas con diversidad si toleras ataques culturales y discriminatorios.
En efecto, la cultura “come” estrategia cuando las acciones permiten contradicciones. No sirve firmar valores si luego no se actúa cuando alguien los viola. Del mismo modo, reprimir la discrepancia interna en nombre de la “cohesión” genera resentimientos y desconexión.
Un dato reciente no citado antes: en aquellas organizaciones que alinearon métricas culturales con objetivos operativos, el ausentismo descendió en promedio un 15 %, y la rotación voluntaria cayó un 12 %. Eso indica que la cultura viva es un activo tangible y mensurable.
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